Posteado por: 911thetruth | 8 noviembre 2008

100 investigadores independientes niegan la versión oficial, por Paul Craig Roberts

100 investigadores independientes niegan la versión oficial
«Desenmascarando el 11-S»
por Paul Craig Roberts, 23 DE MAYO DE 2007

El investigador Paul Craig Roberts comenta el libro del profesor norteamericano David Ray Griffin quien se ha convertido en una de las principales fuentes de información y de investigación credible acerca de los atentados del 11 de septiembre en los EEUU y que busca sobre todo desenmascarar las manipulaciones de la administración Bush. Recordemos que nuestro director, el periodista francés Thierry Meyssan, fue el primero en denunciar estas anomalías y sus trabajos han servido de base a las investigaciones del profesor Griffin.


11 de septiembre de 2001 “Las dos torres no colapsaron. Implosionaron y se desintegraron, como fue el caso del edificio número 7 del World Trade Center, (ver video) que ¡también implosionó! pero ¡sin que a este lo embistiera ningún avión! (…) Los daños causados por los aviones y los limitados fuegos que le siguieron no pueden explicar la desintegración de los edificios”.

El professor David Ray Griffin es la pesadilla de la teoría conspiracionista oficial. En su último libro “Desenmascarando el 11-S” el profesor Griffin tritura la reputación de los informes del Instituto Nacional de Tecnología y de la revista Popular Mechanics, a sus críticos y demuestra ser mejor ingeniero y mejor científico que los defensores de la historia oficial.

El libro del profesor Griffin tiene 385 págs, divididas en 4 capítulos y 1209 notas al pie de página. Sin duda alguna este libro constituye la más concienzuda, minuciosa y profunda presentación y examen de todos los hechos que tienen que ver con el 11-S. El profesor Griffin es una persona sensible a las evidencias, a la lógica y al razonamiento científico. No hay nada equivalente al profesor Griffin en el bando de la historia oficial en conocimiento y profundidad.

Desde el vamos el profesor Griffin le explica al lector que lo que el tiene delante de sí es una elección entre dos teorías conspirativas: la oficial y la alternativa. Una de esas teorías dice que musulmanes fanatizados, que no estaban capacitados para manejar aviones, burlaron y derrotaron el aparato de seguridad usamericano y tuvieron éxito en tres de los cuatro ataques, utilizando aviones como proyectiles, como armas. La otra teoría dice que la seguridad falló por causa de la complicidad de una parte del gobierno con los ataques.

Griffin nos dice que no hubo investigación independiente de lo sucedido. Lo que tenemos es un informe de una comisión política presidida por un hombre de la administración Bush, el sr. Philip Zelikow, ídem en lo que respecta al informe del NIST (National Institute of Standard of Technology) y el de la revista Popular Mechanics. Varios científicos que trabajan o dependen de subvenciones o gracias del gobierno federal publicaron opiniones pero no evidencias en apoyo de la teoría oficial.

En la otra vereda se encuentran más de 100 investigadores independientes cuyas carreras todas tuvieron que ver con entrenarse en el análisis y la investigación. Esos análisis están todos o casi todos disponibles on line.

Las encuestas dan que el 36% de los usamericanos no creen en la historia oficial. Dejando a un lado desinformados y desinteresados capaces de creer que Saddam Hussein fue el responsable de los ataques, esto deja a solamente un 39% de la gente creyendo en la teoría oficial. Tal vez ingenuamente Griffin cree que la verdad puede prevalecer, y es esa convicción lo que lo ha llevado a cargar con una enorme tarea.

Cualquiera que piense en la honestidad del gobierno usamericano o de la administración de los Bush encontrará el libro molesto. Los lectores tendrán que confrontarse con el hecho perturbador de que las autoridades usamericanas incautaron y secuestraron las evidencias forenses que quedaron como resultado de la destrucción de los ¡tres! y ¡no dos! edificios del complejo del Worl Trade Center, del ataque al Pentágono y del avión que habríase estrellado en Pensilvania. Esa maniobra impidió el examen forense por expertos de los rastros y las pruebas.

A pesar de la extendida creencia de que Osama Ben Laden fue el responsable del ataque la evidencia que se tiene a este respecto es un sospechoso video que, el probablemente mayor experto en Ben Laden de Usamérica, Bruce Lawrence, dijo que es falso. El informe prometido por el gobierno de la responsabilidad de Ben Laden nunca se presentó. Cuando los talibanes en la mesa de negociaciones ofrecieron extraditarlo, pero si se presentaba evidencias de su responsabilidad, no se presentó nada.

La fragilidad científica del informe del NIST es asombrosa. Prosperó porque la gente acepta sus conclusiones sin examinar nada.

El informe de Popular Mechanics está lleno de contradicciones internas, razonamientos en círculo y simples apelaciones a la autoridad del NIST.

No hay espacio en un resumen de esta naturaleza para presentar todas las evidencias que reunió Griffin. Pero la mención de unos pocos hechos deberían bastar para alertar a los lectores de las mentiras de la administración.

Las dos torres no colapsaron. Implosionaron y se desintegraron, como fue el caso del edificio número 7 del World Trade Center, que ¡también implosionó! pero ¡sin que a este lo embistiera ningún avión! La energía gravitacional es insuficiente para explicar la pulverización de los edificios con sus contenidos y el corte de sus 47 columnas de acero macizo del corazón central de cada edificio, en pedazos convenientes como para ser recogidos y cargados en camiones. Mucho menos puede esa energía explicar la pulverización de los pisos superiores, incluida la eyección de las vigas de acero, justo antes de la desintegración de los pisos de abajo.

Los daños causados por los aviones y los limitados fuegos que le siguieron no pueden explicar la desintegración de los edificios. Los enormes esqueletos de acero de las torres comprendían un gigantesco dispositivo que absorbía el calor y eliminaba el producido por fuegos limitados.

El informe final del NIST dice que del acero del que dispuso para su examen “solamente tres columnas alcanzaron temperaturas arriba de los 250 grados Celsius (482 grados Fahrenheit). Un horno autolimpiante de los que tenemos en nuestras casas alcanza temperaturas más altas que esa y el horno ni se funde ni se deforma.

El acero comienza a fundirse a los 1500 grados centígrados (o 2800 grados Fahrenheit). Temperaturas de 250 grados centígrados no pueden tener efectos sobre la fortaleza del acero. La explicación de que los edificios colapsaron porque el fuego debilitó el acero es fantasiosa (speculative). Fuegos a cielo abierto no pueden producir temperaturas suficientes como para alterar la integridad de la estructura del acero. Estructuras de acero las hubo que ardieron infernalmente 22 horas seguidas pero el esqueleto de acero ahí quedó. Los fuegos de las torres del World Trade Center duraron alrededor de una hora y se limitaron a unos pocos pisos. Pero además, y fundamentalmente, es imposible para el fuego dar una explicación acabada del fenómeno de la desintegración súbita, total y simétrica (perfecta) de edificios de construcción poderosa, majestuosa, y mucho
menos que esa desintegración pueda suceder a la velocidad de la caída libre, lo cual únicamente se puede obtener con procesos de “demolición controlada”.

David Ray Griffin suministra citas de bomberos, de policías y de inquilinos sobrevivientes de las torres que dicen haber oído series de explosiones previas a la desintegración de los edificios. Esos testimonios fueron ignorados y silenciados por los defensores de la teoría conspiratoria oficial.

Semanas después de las explosiones se encontró en las partes subterráneas acero fundido. Como todo el mundo está de acuerdo en que el fuego no puede llevar el acero a su punto de fundición (derretimiento) entonces se piensa que lo más probable es que se hayan utilizado poderosos explosivos del tipo de los que se usan en las demoliciones, que estos sí que tienen capacidad de producir temperaturas de 5000 grados.

Las contradicciones en la teoría oficialista saltan de las páginas. Golpean. Por ejemplo, la evidencia ofrecida por el gobierno de que un Boeing 757 del vuelo 77 impactó el Pentágono son los restos de cuerpos y partes de cuerpos que dicen haber encontrado, que serían los suficientes como para confrontar los ADN de cada pasajeros o tripulantes con las listas de pasajeros de los aviones o de la tripulación. Pero, imultáneamente, no se encontró ninguna maleta, ni restos del fuselaje, ni del ala, ni de la cola ni de nada. Y estamos hablando de una máquina de 100 mil libras de peso. Estas ausencias de todos estos elementos se atribuye a la “vaporización” del metal debido a la alta velocidad del impacto y al “intenso fuego”. Pero ¿cómo se compaginan la “vaporización del metal” con la capacidad de recuperar cuerpos con carne y sangre? Esta incompatibilidad permaneció inadvertida hasta que el profesor Griffin se dedicó a ponerla en evidencia.

Otra impresionante contradicción de la teoría conspiratoria oficial es el tratamiento diferente de los impactos de los aviones en el World Trade Center y el Pentágono. Obsérvese que, en el caso del Pentágono, todo el énfasis se coloca en tratar de explicar porqué puede ser que un avión pueda producir tan poco daño. En el caso del World Trade Center es al revés. Todo el énfasis se pone en tratar de explicar porqué dos aviones sí que pueden provocar semejante volumen de daño.

¿Será una coincidencia que justo antes del 11-S, Cathleen P. Black, que tiene conexiones con la CIA y el Pentágono y es presidente del emporio revisteril Hearst Magazines, propietario, a su vez, de la revista Popular Mechanics, despidió al editor jefe y viejos miembros del staff e instaló a James Meigs y a Benjamín Chertoff, este es un sobrino del capo de la administración Bush Michael Chertoff? Fueron Meigs y Chertoff los que produjeron el informe que luego el profesor Griffin se ocupó de destripar.

En la conclusión Griffin nos recuerda que los ataques del 11-S fueron utilizados para comenzar las guerras de Afganistán e Irak, el plan para atacar Irán, para cortar las protecciones constitucionales y las libertades civiles en Estados Unidos, para expandir ferozmente el presupuesto militar y el poder del Poder Ejecutivo y para enriquecer muy bien atrincherados intereses.

Paul Craig Roberts

Paul Craig Roberts fue Secretario Adjunto del Tesoro en el gobierno de Reagan. Fue editor Asociado de la página editorial del Wall Street Journal y editor colaborador de National Review. Es coautor de “The Tyranny of Good Intentions.” [La tiranía de las buenas intenciones.] Para contactos, escriba a: PaulCraigRoberts@yahoo.com

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